Una blanca flor alpina


En el comienzo de cada episodio de El hombre en el castillo (The Man in The High Castle), la notable relectura televisiva de la clásica ucronía de Philip Dick, suena “Edelweiss”, cantada melancólicamente y con un extrañado acento semi europeo, por Jeanette Olsson, una artista sueca que trabajó frecuentemente en los Estados Unidos haciendo coros en grabaciones de Jennifer Lopez, Britney Spears, Nelly Furtado, Celine Dion y Ariana Grande





La canción se sobreimprime con imágenes de un mapa de los Estados Unidos dividido en el Gran Nazi Reich, con su sede gubernamental en Nueva York, y Los Estados japoneses del Pacífico, más una pequeña zona supuestamente neutral en las Rocallosas. El Eje ha ganado la Segunda Guerra Mundial en 1947 y en 1962, el año en que se sitúa la serie y en que fue publicado el libro de Dick, gobierna el mundo. Ha exterminado la población de Africa, domina Sudamérica y entre otros proyectos planea desecar el Mediterráneo para convertirlo en gigantesco territorio de cultivo. El productor de la versión televisiva es Riddley Scott, cuya relación con Dick tuvo como mojón otra adaptación notable, la de ¿Sueñan los androides con ovejas mecánicas? reconvertida en Blade Runner.

“Edelweiss” tiene allí el papel de algo levemente fuera de lugar, Remite, eventualmente, al mundo nazi leído desde los Estados Unidos y desde el mercado del entretenimiento y juega, voluntariamente, con el malentendido. Un malentendido que, en 1984, el entonces presidente Ronald Reagan hizo suyo al citar la canción ante el gobernante austríaco, Rudolf Kirchschläger, como signo de respeto y cariño a un país del que, evidentemente, poco sabía. Y es que esa pieza, que se refiere a una flor blanca que el ejército alpino usa como símbolo desde la Primera Guerra Mundial (Leontopodium nivale) y que ocupaba una de las caras de la moneda de dos chelines (actualmente figura en la de dos centavos de euro) estaba lejos de ser austríaca y folklórica. 



Había sido compuesta por Richard Rodgers y Oscar Hammerstein II para un célebre musical de 1959, The Sound of Music (y luego, en 1965, fue parte del film de Robert Wise con Julie Andrews y Christopher Plummer que, imaginativamente, en la Argentina se conoció como La novicia rebelde y en España como Sonrisas y lágrimas. Cuando la comedia fue estrenada en Austria, la prensa local la consideró superficial y llena de lugares comunes, “Edelweis”, en particular, fue tachada de kitsch. Reagan, por supuesto, fue objeto de escarnio y su desafortunada cita “un insulto a la creación musical austríaca”. Aparentemente, los nativos preferían, como baluarte nacional, a Wolfgang Mozart.



The Sound of Music fue la última obra teatral creada por la dupla de Rodgers y Hammerstein II, que murió a comienzos de 1960. La primera había sido Oklahoma!, en 1943, y quienes estén interesados en cómo Hammerstein reemplazó a Lorenz Hart como letrista de Rodgers –o en ver una deslumbrante actuación de Ethan Hawke– pueden ver Blue Moon, basada en la correspondencia entre Hart y Elizaberth Weiland, dirigida por Richard Linklater y con el genial Andrew Scott como Rodgers. 



A diferencia de las que tuvieron a Hart como letrista (“My Funny Valentine”, “Isn’t It Romantic?”, “Falling in Love with Love” o “With a Song in My Heart”, entre muchas otras), las de la nueva dupla fueron poco frecuentadas  por el jazz, salvo por la exótica elección de John Coltrane de “My Favorite Things”, que, como la antigua “Greensleves”, le sirvió como fuente para un magistral “tema con variaciones”. 

"My favorite Things", por Julie Andrews en el film The Sound of Music

"My Favorite Things", por John Coltrane

"Greensleves", variaciones de John Johnson por Anthony Rooley en laúd

"Greensleves", por John Coltrane

La menos transitada de todas, sin una sola lectura significativa desde el jazz, es “Edelweiss”.


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