Sonata-río


El punto de partida era que esa obra contenía, hacia atrás y hacia adelante, a la historia musical. Que la Sonata en si menor de Franz Liszt dialogaba con su pasado y con el futuro. Y entonces, en esa versión intervenida, se intercalaban pasajes de Bach o Schönberg o Chopin. Y además había acciones. “Acción instrumental”, declaraba ese grupo que orbitaba alrededor del pianista Jorge Zulueta, que había grabado en el Instituto Di Tella lo que que nadie tocaba –no solo la obra de compositores vivos, argentinos y americanos, sino las obras completas de Schönberg, de Debussy y Satie o la versión original, para piano, de Cuadros de una exposición de Mussorgsky– y que reinventaba a Liszt junto con Jacobo Romano, la gran Margarita Fernández y una jovencísima Ana María Stekelman. Hubo un film, La pieza de Franz, que dirigió mi tío, Alberto Fischerman, donde la obra se entretejía además con el 18 Brumario de Marx, con Feuerbach y con los restos, deshojados, de los festejos camporistas del 25 de mayo de 1973, y que fue mi primer contacto con esa sonata-río cuya fascinación se acrecienta con los años. Estuve varias veces en la moviola, descubriendo que una película no era lo que se había filmado sino lo que se construía a partir de ello. Y compré el único disco con esa obra que se conseguía en ese entonces en Buenos Aires, una versión de Béla Siki registrada en 1959. 



Luego llegaron, para mí, Argerich y Pollini. Y el disco de este último, que incluía además algunas de las extraordinarias y enigmáticas últimas composiciones de Liszt, fue el objeto de uno de los primeros artículos que escribí en el suplemento Primer Plano de Página/12, que dirigía Tomás Eloy Martínez secundado por Rodrigo Fresán. Ellos dos fueron mis primeros editores y quienes me enseñaron mucho de lo que todavía considero esencial en mi oficio. Pero esa es ya otra historia. La de mis escuchas de la Sonata de Liszt, esa vorágine que se entrelaza, además de con la historia, consigo misma, incluyó con los años muchas grandes interpretaciones: la de Sviatoslav Richter, en vivo en Livorno en 1966 –canónica y canonizada–, la de Marc-André Hamelin, la de Krystian Zimmermann, deslumbrante y perfecta en su equilibrio entre pasión y claridad conceptual y, más cerca, la incandescente de Francesco Piemontesi y la byroniana de Benjamin Grosvenor. Antes, en aquellos tiempos de Primer Plano –y de mis encandilamientos con Argerich y Pollini– creía, todavía, que podía elegirse una interpretación como ideal. Que existía aquella capaz de anular a las otras o, por lo menos, por la que se podía optar si era necesario elegir cuál de todas comprar. Spotify –o Apple Music o Quobuz o Tidal, llegado el caso– , con todos sus defectos sonoros y su visión supermercadista de la música, ha facilitado las cosas. Hoy es posible escuchar una cada día y, en la medida en que se quiera y en que la frecuentación de las escuchas permita percibir detalles que, en una primera instancia, podrían pasarse por alto, elegir el peso trascendental de Arrau, la inspiración de Argerich, el fuego de Richter o las aproximaciones casi quirúrgicas de Pollini y Hamelin. 


O, tal vez, la última, que en estos días me tiene hipnotizado. Había escuchado a Yulianna Avdeeva en su formidable lectura de los 24 Preludios y Fugas de Shostakovich y me había producido el mismo efecto de sortilegio. Ahora, hace unas pocas semanas, el sello Pentatone (que se caracteriza por cuidadísimas grabaciones de un asombroso realismo) publicó Metanoia. Esa antigua palabra griega, que significa literalmente ir más allá de la mente o, por uso, cambiar de punto de vista, cobija, en este caso, la Sonata en si menor, las finales Nuages gris, RW Venezia, Unstern! Sinistre y La Lugubre gondola, junto con Czardas macabre, la Rapsodia húngara Nº 17 y San François de Paule marchant sur les flots. No sé cuánto influye en mi admiración el sonido del instrumento elegido, el Steinway personal de Horowitz, o la manera en que está grabado, lejos de las compresiones a alto volumen que hoy –lamentablemente– se acostumbran hasta en la música de tradición académica. No sé cuánto tiene que ver el virtuosismo de la pianista –un virtuosismo tan evidente que no necesita ser exhibido–. Prefiero creer que se trata de la intimidad que logra, de la manera en que sus versiones aparecen atravesadas por la idea de la travesía interior (la metanoia del título, podría pensarse). En cualquier caso, por si interesa, aquí está el disco completo y, como complemento (tal vez para otro día) su Shostakovich. 

 

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