Milongas I
“Los ríos son como venas de un cuerpo entero extendido”, decía. Y, antes, esa hermosísima primera frase: “Qué lejos está mi tierra y sin embargo qué cerca”. La canción era –es– “Milonga de andar lejos” y estaba en el disco Canciones para el hombre nuevo, editado por el sello Orfeo en 1968. Daniel Viglietti tenía, como todos –o casi todos– los uruguayos, la voz profunda. Fue preso en 1972, por motivos ideológicos –ese delito inventado por las derechas del mundo– y salió libre por la presión de intelectuales y políticos de todo el mundo, entre ellos Jean-Paul Sartre, François Mitterrand y Julio Cortazar. Eran otros tiempos.
Eran tiempos en que se podía cantar “yo quiero romper mi mapa, formar el mapa de todos, mestizos, negros y blancos, trazarlo codo con codo”. Y en que además de las sangres, como decía esa milonga, se mezclaban también otros territorios. Por lo menos en Uruguay, donde Viglietti había estudiado con el gran guitarrista Abel Carlevaro –siempre amé su pieza “Campo”, que me hizo conocer mi primer profesor de armonía, que era guitarrista– o fundaba un sello (Ayuí) con el gran compositor y maestro Coriún Aharonian. La contigüidad entre tradiciones musicales fue, en la orilla opuesta del río sin orillas, una posibilidad real. Más cerca, en todo caso, del Brasil, donde el erudito Rogério Duprat fue parte de proyectos populares como Tropicália ou Panis et Circensis, de Caetano, Gilberto, Os Mutantes y compañía, y Construçâo, de Chico Buarque, que de la Argentina, que no obstante los admiró y en ocasiones albergó. Eran tiempos en que invocaciones como la del final de “Milonga de andar lejos” parecían no sólo deseables sino lógicas y posibles. “Ayúdeme compañero, que una gota, con ser poco, con otra se hace aguacero”.

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